Ayer noche ingresaron a mi pequeña hija Alejandra en el Hospital Zacamil, el ubicado en la colonia homónima de Mejicanos. El diagnóstico: artritis séptica en su rodilla izquierda. Mi esposa pasó la primera noche a su lado, y a primera hora de esta mañana he llegado a relevarla. Para los lectores que nunca han puesto un pie en un hospital público salvadoreño, no está de más explicitar que, salvo en las cuatro horas asignadas para la visita, solo permiten que haya una sola persona junto al menor ingresado. La disposición tiene su lógica: esta habitación del área de Pediatría se construyó para albergar a cuatro pacientes, pero ahora mismo hay siete camas-cunas. En principio estaban las camas 21, 22, 23 y 24, pero se han convertido en 21, 21-B, 22, 22-B, 23, 23-B y 24. Al entrar he contado trece personas. Una niña de unos 9 años pasó la noche sola.
Decía que he llegado a relevar a mi esposa y la desvelada de esta noche me la echaré yo, obvio. Mañana, ella; pasado, yo… y así las cinco noches en las que Alejandra permanecerá ingresada. Durante el día, los papeles se intercambiarán. Padre y madre pues repartiéndose lo más equitativamente posible la responsabilidad del cuido de sus hijos. ¿Estoy contando una obviedad? No tanto en un país como El Salvador.
Aparte de mí, en los cinco días un único padre pasará una única noche con su hijo. Las madres y en menor medida las abuelas son las acompañantes por excelencia de los niños enfermos. Me moverá el piso sobremanera el caso de una joven madre que pasará cinco noches y cinco días prácticamente sin separarse de su hija enferma de dengue hemorrágico. Mañana le darán el alta, y en esta su última noche se dormirá algunas horas, sentada en una silla y con la cabeza sobre la cama de su hija.
—Es que en las otras cuatro noches apenas dormí nada y hoy sí estaba muerta. Hasta la mirada se me iba ya y hasta cosquillas en los dedos sentía… –me dirá mañana, cuando salga el sol.
Como ella, cientos de madres anónimas que merecen un aplauso infinito que nunca nadie les dará.
El Salvador es país machista hasta los tuétanos, y lo que sucede cada noche en las áreas de pediatría de cualquier hospital no es más que la enésima expresión. La hombría guanaca no se relaciona con pasar la noche en vela en un hospital. Para eso están las madres…
Pero en esta mi primera noche en el Zacamil ocurrirá algo más significativo si cabe. Cuando a eso de las 9 me presente para relevar a mi esposa, una joven enfermera estará en la habitación y, al verme, nos preguntará con gesto serio quién de los dos pasará la noche.
—Yo –responderé.
—No, pero eso no está permitido ya –dirá ella–. Hubo una reunión de los jefes hace unos días y se decidió que los hombres no podían quedarse en la noche.
—¿¡!? –mi esposa y yo al unísono.
—Hubo un problemilla y se decidió eso… Pero bueno, él tiene cara de persona tranquila… A ver qué pasa…
Como si el problema de machismo arraigado en la sociedad fuera chiquito, el propio hospital –y por extensión el propio Gobierno– promoviendo la desigualdad de género, pensaré, y así lo anotaré en mi libreta.
Lejos de la molicie española
Hace 1 día




